#TerrorRebelde
LA LLORONA LOCA DE TAMALAMEQUE
AUTOR: DIEGO PANTOJA (COLOMBIA)

Nunca he sido hombre de supersticiones. Mi alma, educada bajo el rigor de la razón y la ciencia, siempre rechazó los murmullos de espectros, los mitos de aparecidos y las fantasmagorías que se transmiten como plaga en la ignorancia popular. He ridiculizado esas historias como desvaríos de mentes débiles, como residuos de épocas primitivas que la luz del pensamiento modernos debería haber disipado.
Sin embargo, les imploro que no tomen a la ligera mi confesión, pues lo que presencié aquella noche quebró los cimientos de mi cordura, desgarró los hilos mismos de la realidad que creía firme y me arrojó a un abismo del cual no se si alguna vez podré emerger.
Era de noche –¡ay, qué noche!–, una de esas en que la bruma cubre la tierra como un Sudario y la luna, en su pálida agonía, apenas logra perforar con su Liz mortecina el océano de sombras. Me encontraba recorriendo el sendero que conduce a Puerto Bocas, camino tan evitado por los pueblerinos como se evita la peste. No por miedo a bestias corpóreas, sino por la leyenda que arrastra siglos: la de una mujer enloquecida cuyo lamento aún se escuchan en la orilla del Río Magdalena.
No sé que fuerza me llevó a desafiar las advertencias. Tal vez fue esa arrogancia malsana que se esconde bajo el nombre de valentía, o un morboso deseo de probarme inmune al terror. Pero lo cierto es que, cuando el reloj marcó la media noche, me hallé solo, frente a las aguas del río, con el corazón golpeando mis costillas como si quisiera huir de mí.
El río fluía lento, pesado, oscuro como la tinta de un manuscrito blasfemo. Su corriente arrastraba un murmullo que semejaba voces , y al mirarlo sentí, por primera vez, que la naturaleza misma podía ser portadora de secretos tan antiguos y perversos que ningún hombre debería escuchar. Fue entonces cuando oí el primer sonido: un susurro apenas perceptible, semejante al roce de un espectro acariciando la piel.
En aquel susurro brotó un sollozo quebrado, y del sollozo, una risa. No una risa humana, no un sonido nacido del jubiló o la burla, sino una carcajada descompuesta, mitad humana y mitad abominación. La risa se quebraba en sí misma como si las cuerdas vocales que la producían estuvieran corroídas por el dolor y la locura.
Quise huir, gritar, invocar a Dios o cualquier fuerza que me arrancara de aquel trance. Pero mi cuerpo se convirtió en piedra, mis músculos rígidos, mi garganta sellada por un terror indescriptible. Y entonces la ví.
No era la aparición etérea como narran las leyendas, no una dama blanca flotando en la punta. No. Lo que apareció ante mis ojos era infinitamente aterrador: una mujer, o lo que quedaba de una mujer, devorada por la demencia. Su cabello colgaba en hebras grasientas, enmarañadas como telarañas humedad. Sus ojos eran pozos infinitos de desesperación, y al mirarlos tuve la impresión –¡oh, cuán terrible fue!– de que en su interior habitaba algo vasto, algo insondable, algo que no pertenecía a este mundo.
Su boca, torcida en una muñeca de dolor y burla, dejó escapar un murmullo:
–¿Lo has visto? ¿Has visto a mis hijos?
No supe qué responder. El aire se heló en mis pulmones, y mi mente, en su confusión, oscilaba entre la negación y la rendición. Pero ella no esperaba respuesta. Comenzó a reír de nuevo, una carcajada que hizo vibrar mis huesos y que resonó en mi médula como el repicar de las campanas fúnebre.
De pronto, levantó su brazo, cuyos dedos eran largos, huesudos, casi cadavéricos, y me señaló con una acusación que trascendía el lenguaje. Su boca se deformó en una espantosa sonrisa, y de ella brotó un grito que era mitad alarido, mitad sentencia:
–¡Tú lo mataste! ¡Tú me lo arrebataste!
Las aguas del río comenzaron a agitarse con furia, como si bajo de ella despertara una entidad colosal, dormida desde la creación del mundo. Olas negras golpeaban la orilla, y entre su tumulto creí distinguir formas que no eran humanas, sombras que se contorsionaban como si buscarán salir a la superficie. Entonces comprendí: –¡y maldita sea la hora en que lo comprendí!– que la leyenda de los aldeanos estaba incompleta. No sé trataba solo del lamento de una madre por la pérdida de su hijo. No. La verdad era más siniestra: aquella mujer, en su furia y enloquecimiento, había ahogado a su propio niño en esas agua, y desde entonces su espíritu, retorcido por la culpa y el delirio, buscaba reemplazarlo con nuevas víctimas.
Y esa noche, el elegido era yo.
Un remolino de agua y gritos me envolvió. La risa de la mujer, multiplicada con ecos infinitos, resonaban como si brotará no de una sola garganta, sino del universo entero. Sentí el frío del río arrastrándome hacia sus profundidades, y con él, la certeza de que jamás volvería a ver la luz.
No sé cómo escapé, si es que realmente lo hice. Cuando recobré la consciencia –si es que este estado puede llamarse así–, me hallaba tenido en tierra firme. No había rastro de ella, no del tumulto del río, ni siquiera se la noche. Solo quedaba el eco de su risa, vibrando dentro de mí cráneo como un parasito.
Desde entonces, su presencia no me ha abandonado. Al caer la noche, la escucho susurrar tras las paredes de mi habitación. En cada sombra que proyecta la lámpara distingo su silueta torcida. En cada charco reflejado en la calle veo sus ojos hundidos, mirándome con un hambre sin nombre. Y en cada ráfaga de viento que se cuela por la ventana, la misma pregunta se repite, como un conjuro maldito que nunca cesa:
–¿Lo has visto? ¿Has visto a mi hijo?
No sé cuánto más podré resistir este tormento. No sé si escribir estas palabras sirva de algo, si alguien creerá en mi testimonio, o si acaso terminarán tomándolo como las divagaciones de un loco. Solo sé que la risa ya comienza a quebrarse en sollozos, y tengo que cuando se convierta otra vez en llanto, mi voluntad se rompa del todo.
Y ese día –lo presiento– caminaré hacia el río
AUTOR: DIEGO PANTOJA (COLOMBIA)
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Diego Pantoja, nació el 5 de mayo de 1999 en Tamalameque, Cesar. Colombia.
Empezó a escribir a la edad de 12 años bajo la influencia de la depresión; método que usó para desahogarse. En la trayectoria de su juventud, Diego descubrió nuevos talentos: El dibujo, las artes marciales y la música, artes que lo llevaron a conseguir reconocimiento dentro y fuera de su municipio. A los 17 años, ganó su primera batalla de freestyle en la ciudad de Bucaramanga.
Conocedor de la Psicología, Programación Neurolingüística, La filosofía del cuerpo humano, Oratoria Moderna, entre otras más áreas…
Fue profesor en la Fundación Hijos de María en la ciudad de Cartagena, ciudad en la que obtuvo dos diplomas: Uno de Derechos Humanos y el otro de Desarrollador Comunitario en el año 2019.
Dado a sus conocimientos y habilidades, ha participado en importantes eventos literarios y convocatorias de poesías, en las que destacó obteniendo el primer lugar en la mayor parte de estos escenarios. También a participado en diversas conferencias poéticas a nivel internacional de manera virtual.
